Año XL - Edición Nº 8.338

Miércoles 22 de noviembre de 2017

Crisis y tensiones del Estado Nación: el repliegue del sentido común

Fecha de Publicación: Vie, 10/20/2017 - 15:43

Gran variedad de conflictos políticos contemporáneos remiten a una imagen recurrente y potencialmente catastrófica: la gran tensión a la que está sometido el Estado Nación. Formas diversas de nacionalismo en el mundo tienen efectos contradictorios frente a él: fortaleciéndolo, por ejemplo en el caso del nacionalismo ruso impulsado por el Presidente Vladimir Putin; generando resultados contradictorios en el caso del Presidente Donald Trump, quien, con un liderazgo chauvinista y personalista, debilita la institucionalidad republicana estadounidense; o erosionando su legitimidad para construir un Estado nuevo e independiente en el caso de Carles Puigdemont, President de la Generalitat de Catalunya.

Foto:

Marco Avilés

Sin embargo, es justo recordar que el Estado como forma predominante de organización política tiene una larga historia de resilencia, pues irrumpió históricamente después de la Paz de Westfalia en 1648 para no dejar de expandirse y transformarse. De hecho, ha mudado sus formas y configuraciones institucionales, ha visto el desplazamiento de los grupos que ejercen el poder institucional y ha adaptado las modalidades de reproducción ideológica que favorecen su continuidad en el tiempo mediante diferentes narrativas (parafraseando a Esping-Andersen, “diversos mundos”). Pensemos en las diferentes adaptaciones mediante reformas políticas en la segunda mitad del siglo XIX en Chile que transformaron un Estado presidencialista y de sello conservador, organizado por la Constitución de 1833, en uno liberal y de orientación laica, conciliando esta forma institucional renovada con el proyecto de la elite dominante en aquel momento. De modo que la fortaleza y capacidad de adaptación a diferentes contextos históricos de esta institución no puede negarse.

Asumiendo esta robustez, la crisis del Estado se explica precisamente por inadecuación o envejecimiento de las instituciones, pérdida de hegemonía de la élite política o debilidad del proyecto histórico que encarnan. Si lo propio en la historia del Estado ha sido la adaptación ¿por qué entonces el tono catastrófico y lapidario que se observa en las críticas frente al papel que hoy juega?

En los comienzos, el número de Estados fue equivalente solo al conjunto de las monarquías europeas. Desde las primeras décadas del siglo XX su cantidad aumentó, pasando desde alrededor de 50 a aproximadamente 190 a fines del mismo siglo. Parece improbable que el crecimiento de la cifra de Estados Nación continúe durante el siglo XXI, entre otras razones por los elevados costos de transacción y gobernanza del sistema internacional. La mayor tensión en este punto consiste en la oposición entre un sistema internacional cosmopolita versus un sistema estructurado en base al interés unilateral de los estados. Incluso en la Unión Europea, frente a la intensidad del fenómeno migratorio, las élites han constituido bloques políticos con orientación xenófoba, reactiva y euroescéptica como el Movement for a Europe of Nations and Freedom, integrado por partidos de la nueva derecha como el Partido de la Libertad en Austria, Vlaams Velang en Bélgica, Vox en España, Amanecer Dorado en Grecia, la Liga Norte en Italia y el Frente Nacional en Francia.
 
Aunque no es posible conocer las últimas implicancias de las tensiones y crisis que afectan al Estado, sí podemos identificar algunas de sus manifestaciones concretas:

Primero, una crisis de estructuras de intermediación (principalmente partidos políticos) que en la mayor parte de los casos se acompaña del desplazamiento de los “partidos de masa” por “partidos atrapa todo” carentes de plataformas programáticas históricas. Al menos, desde inicios del siglo XX el Estado se desarrolló en el contexto de una democracia con partidos políticos capaces de organizar, movilizar y generar sentido común en la ciudadanía. Contemporáneamente, las colectividades tradicionales poseen una popularidad decreciente, cumpliendo una función de representación en una lenta e irreversible agonía. Perversamente, los nuevos partidos juegan a ganar adhesión ciudadana utilizando un discurso antipolítico o “impolítico” (como diría Pierre Rosanvallón), fundado en el desprestigio de los actores tradicionales. Si esta narrativa del “escándalo” permitirá profundizar la democracia es todavía un enigma. Aunque, a primera vista y analizando los datos de confianza y apoyo a la democracia que proveen las encuestas de opinión pública, no será así.

En seguida, se advierte una segunda capa de la crisis del Estado asociada a un desequilibrio institucional de las normas establecidas frente a los cambios sociales y culturales más relevantes. Así ocurre, por ejemplo, con la presidencialización de la democracia, la radicalización del pluralismo y la proliferación de episodios de “nacionalismo centrífugo” en las últimas décadas.

Si durante algunos períodos el conflicto de clase constituyó un eje fundamental de la democracia, desde fines de los ´80 las democracias en buena parte del mundo, especialmente aquellas recuperadas desde la experiencia del autoritarismo, se caracterizaron por la representación de intereses colectivos transversales a las clases. Actualmente, no existe el optimismo generado inicialmente con la perdida de centralidad del conflicto de clases. Por el contrario, cada vez más se analiza el pluralismo en tono problemático, debido al debilitamiento o destrucción del sentido común en las democracias. No es casualidad que en el conflicto entre independentistas catalanes y el gobierno español, que puede ser leído como un enfrentamiento entre “nacionalismo centrífugo” (Generalitat) y “nacionalismo centrípeto” (Gobierno español), se hable al presente de recuperar el “seny” (palabra que en el hablar popular catalán podría traducirse como sensatez, cordura o sentido común).

Asimismo, una tercera dimensión de la crisis corresponde a la evolución de la subjetividad política en las últimas décadas. Este fenómeno ha producido un conjunto de síntomas como por ejemplo el paso de una democracia de partidos a una democracia de audiencias, definida por un descentramiento de los espacios de formación de creencias sociales. Precisamente, la pérdida de control del Estado sobre los procesos de reproducción social hace posible la exacerbación de algunas patologías de la democracia, como la gestión ciudadana de las demandas sociales al margen del Estado (informalidad política), tan habituales en América Latina en expresiones como el clientelismo y la narcodemocracia; y la irrupción de partidos, coaliciones, grupos de presión y movimientos construidos sobre la base de creencias que dificultan la coexistencia dentro del Estado. En el caso del partido de ultraderecha Alternativa para Alemania, reconocido por buscar la supresión de la Eurozona y su lucha contra la “invasión de extranjeros”, ha aumentado su respaldo electoral desde 4,7% en 2013 a 12,6% en 2017, convirtiéndose en la tercera fuerza política a nivel federal después de la CDU y el SPD.

Parece ser que esta última dimensión de la crisis del Estado, referida a la subjetividad política y las creencias sobre lo público y lo institucional, escapa a cualquier reflexión sobre la coyuntura, conduciendo más bien a un razonamiento sobre el futuro del proyecto civilizatorio democrático liberal, amenazado por concepciones espontáneas respecto del orden social. Si la crisis del Estado se explica por factores ligados a la reproducción social y una cultura basada en el orden espontáneo, efectivamente el Estado podría caminar hacia el abismo. En esta hipótesis, el Estado generaría las condiciones de su propia destrucción por pérdida del cemento normativo básico que lo hace posible. Si no es así, el problema consistiría en reconstruir el contrato que otorga legitimidad al Estado en sociedades caracterizadas por desgaste del sentido común, fragmentación valórica e intolerancia.

Marcelo Mella Polanco es cientista político y decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago.

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